Bryan Zacarias

Poesía en Calima

Otoño

Nací de un sentimiento en ruinas
en el crujir de las cenizas
Lejos de las lágrimas del cielo
y las plegarias de la tierra
Y es aquí,
donde vienen a parir
las ramas
a sus hijos muertos

Manifiesto

Allá, dónde los habitantes recuerdan
el cielo antes del humo
Allá, dónde la bestia
y los girasoles hacen las paces,
Allá, donde los inmortales vuelven a despertar,
de ahí, provienen mis palabras

No soy un niño
para llorar por las mariposas
que vuelan sin posarse en mis dedos
Ni una cascada destruyendo las piedras en mi base
Soy, aquello que se puede nombrar a sí mismo,
como el eco que sabe de su existencia
y se vuelve ínfimo en un intento fútil de hacerse eterno
Soy tantas cosas,
que olvido el “quién”

Bajo el musgo y sobre las nubes que piso,
al lado de cada migración,
habitando cada aspecto de mi alma
Estoy en mí, en la otredad
en la gaveta de un ciego
En las sílabas de la montaña,
pronunciado como se suspiran en lenguas muertas enterradas en la falda de esa montaña
que me deletrea

Sería una hoja, si pudiese cambiar cada año,
aun sin crisálidas que se posen en mí

Mis hermanos, caminantes de calima,
clérigos del vértigo, del quebranto
Hijos de un mismo crepúsculo inacabado,
a espera de astros trémulos
o el mísero canto de un gallo

Es a esto a lo que temen los mortales,
y de sus manos y boca brotan mis piernas y pecho
Beben de mí,
a costa de su cordura
Y en un cuarto vacío
quieren entrar a convertirse en eco,
a merced de mi voz,
guiados por el misterio del cosmos

Allá, dónde los habitantes recuerdan
el cielo antes del humo,
se escapan trazos
de la mariposa que dibujé

Cigarros

Nos persiguen
las cenizas del tiempo,
somos cigarros

Andina

Volverás a verme
cuando mis lunares sean lunas en Neptuno
Contaremos la última estrella
para olvidar las fronteras
Corre la mandarina
para evitar el mordisco del fauno
Canta la cigarra
para calmar su sed
Llueve en los Andes
una vez más
por los poetas
por las montañas
por los momentos que vive tu risa
por el sol que no se cansa de vernos girar
Un ocaso más
«Te volveré a ver», dijiste
Cuando la luna pinte
una fantasía en sus cráteres
y yo haya olvidado
que el mar no calma la sed
Cuando ignore
lo amargo de una mano
bailando en el aire
y tú puedas escribir sin llorar
Volveré cuando mueran los caballos
por tu afición a morir
una balada
Escribiremos juntos
la historia de los ríos
desembocando en un beso al aire
Se van las estrellas de las montañas

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Carta a Perséfone en primavera

A Karimar Allegue



Hace frío,
mis manos rozan los trigales secos
Pronto lloverá de nuevo
En el cielo ningún punto es fijo
Es tuya esta caja capaz de encerrar los sueños,
el más cruel de los ensayos
que la vida otorga a los mortales
El amor es un Cerbero
que muerde tantas veces
como las veces que decidimos perdonar
Si a lo que sentimos le pudiésemos agregar algo más,
un beso anónimo entre la duda y la fe
podría ahogarnos
Las mariposas en el vientre las persigue el niño interior
La soledad es subjetiva
El amor y el fuego nos consumen para no extinguirse
Los corazones se asemejan a los abismos
por lo profundo del amar
Reina de Hierro,
aún guardo latidos en el bolsillo de mi camisa,
aún guardo la maldición que te libró de mi reino:
«Si me necesitas mejor vete,
no es amor necesitar compañía
Y si no me buscas mejor vente,
que ya es un encuentro nuestra despedida»

Los amantes odian el tiempo
porque hasta él se marchita cuando los claveles mueren
Hace frío,
en cementerios florecen crisantemos recordando tu rapto

Príncipe de Cabimas

A Pablo Molina



Sus palabras resuenan en mí
Se absuelve de la comunión
en una plaza de sol tardío
Es mísero misterio sediento
vetusto entre hierbas podadas
Nunca se nace
sin un vacío por llenar
Hasta la hoja gime
un bolero ceniciento
Nació sin alas y vive
en cada combate
No podría pedir agua
sin quitarse el sombrero al sentarse
No podría ver el sol
si no fuese por Vallejo
El poema no es poema
si no salva la vida de un hombre
El poeta se queda sin tinta
El ángel pide una ronda más

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Carroña

A Felipe Ezeiza
“Aseguremos un tiempo
para la ternura
Aquí los hombres comen zamuros”

-Felipe Ezeiza







Un zamuro se alimenta,
recuerda que hasta la muerte
está escasa
y no puede pelear con perros de carroña
Un zamuro se alimenta,
esta vez tuvo que cazar
en pleno vuelo
como un poeta buscando epígrafes,
metiendo su cabeza
donde los gusanos olvidaron un hiato
Un zamuro se alimenta
de las vísceras de un orgasmo,
sosteniendo su vuelo
después de los puntos suspensivos
escritos en una carta pasada de tragos,
evitando los incendios de los nadaístas
Un zamuro se alimenta
de la dobladura de un cadáver exquisito,
poniendo alas sobre lomos de bibliotecas
Se oculta de Goya
para no ser desmembrado,
para no derretirse en el tiempo
que dura un suspiro cuando amanece
y la ciudad olvida apagar las velas
en un Viernes Santo
Cae una gota de sangre sobre sus plumas
haciéndolo pasar por el cristofué
de los miserables
Un turpial negro y rojo
como emblema de una nación
que ha rasgado sus fronteras
Un zamuro se alimenta
del cadáver de otro zamuro
porque sabe que él es un poeta
que ha matado su heterónimo
para vivir en el poema de alguien más

Realengo

El viento no distingue mi olor,
pero me gustaría tener
el perfume de las manzanillas
Anhelo ser el humo
que se expande
confundiéndose con la neblina
Desterrado, esquivo las miradas,
no habito ningún sitio
Son mis mezquitas
los abastos donde me fían café
Los susurros en las ruinas
son mi única posesión
Maldigo el rocío asfixiante,
me oculto de él
en las esquinas descuidadas
redescubiertas por borrachos
y perros que lamen mi desgracia
El dolor sobre la arcilla
me concibió una lágrima espesa
Entre mugre y tinta
mi pantalón se deshace
Las nubes son compañeras que se marchan,
emigrantes que cambian el cuadro
pintado sobre los edificios
En el pavimento
se despliegan constelaciones de chapas,
las colillas son tesoros
que debo ocultar de la lluvia
Ya no ladro para enamorar a la luna,
sé que no me ama
Robé algunos libros a los buhoneros
para hacerme un techo,
pero las páginas tenían nostalgias en Arial
y extrañé ver el cielo
Entre cuartillas de papel bond,
soy un realengo
Soy un vaso desechable
olvidado en la baranda

Habitante de la Calima

A Angel Zacarias
Te has encontrado un terrible destino, ¿verdad?"

- Mitsuhiro Takano





Leo las arrugas
en la sonrisa de los nacidos
en distopías del duelo
Soy quien ha puesto
la cuerda
en el arco de la lluvia
En mi mano
retengo la arena
de quienes han partido al bosque
por un hada,
por un recuerdo jamás vivido
En mi alma
sostengo la melodía desconocida
para regalarla a quienes miran
a través del dolor prestado
como una prenda
que sana la derrota

Encima de las dunas
de quienes han vivido,
juega el niño a ganarle al viento

Resbalo en el destello de la luna
Ella se refleja
en sus propias lágrimas
donde los perros beben
un trozo de cielo
Camino sobre el fuego,
por la senda de los extraviados
Las cenizas que quedan en mis pies
dejan la marca de quienes
habitamos en la Calima

Vampiro

I
Algo le he robado al viento,
una idea quizás,
o sus propias huellas
Se arrastran mis pupilas
pidiendo una imagen que valga la pena
o las lágrimas
Los dientes de la luna están aquí
fijos sobre mi cuello
El infierno abierto como una tela rasgada
desnuda la soledad de mi balcón
Un grillo trata de alcanzar la luna
pero el humo de la ciudad lo retiene
Una gárgola vuela sobre mi techo,
trae una víctima de latidos vastos
Sus labios son dañinos,
fiebres tropicales enlazados con sal
«¡Priscila!», grita la gárgola,
se espanta por saberme en guerra

II
Amar es un acto suicida
Escribo «amor» como un jeroglífico
en las cavernas de mis costillas
Se ama como se vive,
por eso el amor se duerme en pasteles de miel
y despierta cuando sana cada mordida
Se ama como se vive,
por eso el amor puede durar una exhalación profunda
o el viento en una montaña
Allá, donde caen las piezas del cielo,
donde se pide a una diosa
un susurro de mirra,
injertos de sentimientos se saborean
desfallecientes,
erróneos, crédulos
Vino a nacer la uva
en los labios de Priscila
Y su vino me invita
a recitar el verso de la no vida,
novicia en las caricias del viento
Espada del vicio en mi pecho,
visión, temblor,
sensación que derrama una rosa
y vence al vampiro en su propio averno

III
Lo siento, Priscila,
no quise acudir a tu ventana,
nadie merece una condena antes de pecar
Priscila, yo moriré cuando la luna
sea absorbida por el espanto de los cometas
Cuando el grito de la noche
sea traducido por los cosmonautas,
conoceremos el mar
y el Kraken dejará sus pesadillas en la arena
Ahí despertaré, Priscila,
sobre la arena,
reclamaré tu cuello para vivir,
reclamaré tu cuello como altar
y saltaré de él para amarte por primera vez