Criaturas de Calima
sin embargo parecían criaturas nacidas en Calima, bautizados en terribles escombros la capa cenicienta de su piel nos lo advertía: «han llegado para quedarse».
Los ojos nos fueron arrancados y entregados a la sequía y devueltos a los pulmones como suspiros obstruidos; había que escondernos
hacernos los dormidos,
hallar la manera de huir de quienes eran
de quienes éramos.
En el hogar derrumbado hallamos espejos que emulaban
el brillo lunar, el hollín en el rostro trajo el recuerdo de los salvajes.
L o c o m p r e n d i m o s
Rasgarnos la piel no era suficiente y desdoblados devoramos y nos desterramos a los principales cráteres lunares.
Y es que en el último resquicio de nuestras almas malogradas hallamos caminos centenarios al abismo en donde eones atrás
f u i m o s f u e g o
aceptamos la noche, para trascender la arena.
Narciso
los dioses amantes habían decidido
llorarse el abandono.
Escondidos tras castillos de concreto
se levantaron las vanguardias
Tú, emulaste a los narcisos
nacidos de las rocas;
habías dibujado la tierra de nadie.
Sangraste miel desde los costados,
tus despedidas
serían la solución a la extinción de las abejas.
Tu impermeable amarillo
es el credo
que en el campo
recitan los falsos girasoles.
Augurios maligno
se sostienen de las palmas
rezar a los dioses oscuros
nunca ha sido la apuesta de hombres sabios
y sin embargo ahí estábamos.
El lenguaje de las sirenas decía que el Norte
era el refugio para nuestras orugas
en los bolsillos teníamos migajas de tiempo compartido
y pedazos de fe magullados
que invocaban dragones.
Éramos trotadores subterráneos
amadores del llanto de las mandrágoras:
Bendita seas, Diana, por el pan de cada día y el suspiro de
las noches.
Paloma
Al recuerdo de Ginori Salzar (2002-2019)
Sobrevolando el patio de juegos
te alejaste de las penas, Paloma.
Por un sendero de sal
empecinada a la huida
estiraste tus dedos hacia la salida de emergencia.
Ahí, alejada del bullicio
recostaste la cabeza
en el regazo de tu madre,
la soledad se había desvanecido.
Las balas ya no eran tres,
abejas de plomo
gargantilla incipiente
Liberando por fin a las quimeras debajo de tu cama.
Vuela alto, Paloma
que aquí nos quedamos los tuyos
para mirar tu ascenso
hacia la infancia.
Bitácora de los marineros antes de zarpar
Se deja caer la gota de lluvia
se exalta por el puño del gigante
en el pináculo.
Se extinguieron las abejas: «¡Levanta la cabeza,
la reina te está mirando!»
Emergen los gusanos lunares,
ellos te están juzgando.
Luego de tanto tiempo hemos decidido ser cristales
de sombra
porque somos el resultado inequívoco de aquello
que hemos decidido negar rotundamente.
Vendrán los delfines a fijar el curso de los navegantes,
ya no podemos habitar la casita de playa.
El paso del tiempo se ha detenido,
justamente un minuto después del ocaso.
«—Se avecina una tormenta.
—Yo soy la tormenta».
El Advenimiento
por la asimetría de tus manos que habrías
llegado con la tormenta,
¿Dolió chocar el rompe olas?
Llegaste dormida en un ataúd de crisantemos, y las
abejas te trajeron a mí de inmediato.
Mis mejillas eran fulgor de ríos,
sonrojo de mar abierto,
sal en los confines de los pómulos
una tregua insolente con la guiatura de los delfines.
Corrías en círculo tras criaturas miniaturas
y parecías una bruja que jamás aprendió a conjurar
sus maleficios, poco a poco te presente a las mandrágoras,
y quizá tú misma encontraste el camino al hogar de trinitarias.
Ahora, parece haber estrellas que ríen,
arremolinadas en el cabello moreno de los gnomos que te
acompañan,
parecen dagas que al caer
cantan para ti.
Mensaje en una botella
es el himno que respiro cuando soplan los girasoles.
Dejar la playa fue lo sencillo,
evitar la tormenta hirió en el pecho.
Encarar a criaturas marinas con el color de mis ojos
incendió mis pulmones;
por aquel entonces fui un cúmulo de nubes encalladas.
Deseé dormir en el pecho de algún ángel vestido de acero y sal,
llamarla trinitaria;
Insolada fui consciente de mi cualidad de marinera,
me mimeticé con el ambiente,
Era enredadera de selva,
arena húmeda,
flores silvestres,
frutas tropicales,
agua de coco en los labios
estupor ante una tarde selvática
Doliste en mis ojos lo suficiente como para considerarte mía.
Pero más que evocar a la fuerza absurda de propiedades
de momentos,
dejo escrito dentro de esta botella que te amé lo suficiente
como
para exorcizar tus demonios dejados en mí,
No
Soy
Quien
Conocí
Y tú eres motivo de inspiración de un ser ajeno.
He de dejarte ir.
Los colibríes te enviarán mis noticias.
El rapto
una hamaca saludando al sol,
entregando mis saltos de fe a aguas profundas
bailar eludiendo la caída de granizo.
Habría aprendido a descifrar el lenguaje de las Náyades a las orillas de los ríos.
Y hubiese sorteado el abdomen de cayenas como gota de sudor plena en los días calurosos.
Pero llegó el gran rapto
crecí lejana a una raíz de tierra que me recuerda.
«Años atrás fuiste
caña de azúcar,
café
pan
y agua
te alojabas en castillos colindantes con naranjales
buscabas rozar el cielo con tu inocencia
allí encaraste a las primeras hidras de
la infancia
tú no eras princesa, eras guerrera de un ejército de abejas».
El hogar, como el primer amor, jamás se olvida.
Y el río de las arenas
es el tatuaje que decora mis maneras foráneas.
Brasil
A Felipe Ezeiza
«Ahora que lo pienso, Brasil y tú
no son parajes tan diferentes».
.
.
.
Por aquellas épocas éramos verdes
un amor de bossa-nova
coexistíamos con las bestias;
calor húmedo en la selva y manos en cada punto cardinal.
Giraste tu vista hacia el sur,
a mí me tocaba trepar tu espalda.
Llorar por clemencia a los reyes florales.
Rezaste nutriendo mi floresta,
con tus infinitas plumas negras
rasgaste aquel último punto de cordura que nos quedaba.
Suspiraste mi viento,
adornando mis labios con dedos insensatos.
Aprendí las maneras de amar el sudor de tu frente.
Te guíe entre el ruido del éter,
para coronarte de piedras preciosas
entonces eras el rey de mi vientre.
Persiguiendo el nadar de los delfines
llegamos a Brasil.